
Hoy he visto en las noticias que el gran ministro de la religión cristiana no duda en falsear la realidad científica que garantizan que el preservativo es la gran esperanza contra la maligna enfermedad del sida. Allá por Africa, ante un montón de creyentes y un puñado de periodistas, el Papa Benedicto se da el lujo de dejar caer la perlita de que el condón, más que prevenir, añade riesgo a la extensión de la infección. Según él, esa no es la solución del problema.
Siempre me he preguntado porqué los que supuestamente deben mantenerse célibes y castos durante toda su vida se inmiscuyen en las relaciones sexuales de los demás. Esto vendría a ser algo así como decirle a un arquitecto cuántos pilares tiene que tener un edificio. Es increíble la sed de poder que siguen manteniendo los jerarcas eclesiásticos. Siguen siendo fieles a unas creencias que tienen más de dos mil años y, en consecuencia a ese retraso histórico, dictan y pretenden imponer unos dogmas que en la mayoría de las ocasiones provocan hilaridad por su absurdo.
Señores, seamos serios. El preservativo no es un invento espiritual. Es un genial y sencillo logro científico, quizá el más importante en materia sexual, que previene y garantiza la inmunidad del individuo casi al 100 %, la no infección del sida o de cualquier otra enfermedad venerea. Así, ¿cuál es el problema? ¿Qué gana la Iglesia y sus dirigentes queriendo dejar a sus fieles desprotegidos? Es algo inexplicable. Además, ¿de qué supuesto científico extrae conclusiones un individuo que ni investiga ni practica sexo?
La Iglesia, su cabeza visible y sus colaboradores quieren colocarnos en el Siglo XXI los dogmas que nuestros antepasados practicaban en el Siglo IV. Carece de lógica, de sentido común. Es normal que las personas se alejen cada vez más de la fe, puesto que los jerarcas que la comandan claman a los cielos la compasión y la caridad mientras viven en la opulencia, mientras son acusados y culpados de pederastia, mientras se niegan a otorgar sus sacramentos sin cobrar por ellos. La fe ha dejado de ser parte fundamental de la vida común de la gente. Ya se puede vivir sin ella. Los pecados ya no infunden miedo, se ha perdido el pavor al castigo divino. Y eso si que es coherente. Vivimos en el Siglo XXI.
Me gustaría que se callara, Su Santidad. Me gustaría que, cuando hablara, lo hiciera con la mente puesta en la humanidad y no en Dios que, por suerte para él, no sufrirá el azote del sida. Y que hablara con conocimiento de causa. Y no sólo de eso, sino de cualquier otro tema no espiritual que no le atañe. La fe es al espíritu lo que la comida a la carne. Y nada más. El resto ya es historia de otros siglos.
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