viernes, 20 de marzo de 2009

La TV y la crisis económica...


Es curioso y sumamente penoso el tratamiento del tema de la crisis en TV. Me irrita sobremanera que hablen y discurran aquellos a los que en nada afecta la miseria de los demás. Veo sus caras y tiemblo de rabia, escucho sus voces y me indigno... y pienso: que panda de mezquinos, de aprovechados, de ignorantes, de falsos.


Les da igual hablar del tiempo, del amor o de la crisis. Pasan de un tema a otro como si fueran el mismo problema. A ellos, con poner cara creible y hacer el paripé, el resto les da igual. Opinan, y parece que saben, que lo sienten, que lo sufren. No tienen ni idea de lo humillante que es partirte la espalda y perder mil horas al dia en una empresa que te pega la patada de mala manera y te deja en la calle con lo puesto.


Por supuesto, ellos no son mileuristas. Porque si lo fueran no dirían lo que dicen, ni se sentarían en esas cómodas sillas con sus cientos de papeles de datos y más datos que en sus bocas suenan vacios. Ni saben del dolor de los demás ni les importa, pero cobran por hacer ver que les preocupa como le va a la plebe, que comparten sus desgracias, que apoyan su lucha. Y es que, los tertulianos, de obreros no tienen nada. Pero nada de nada.


Luego de acabado el programa, de adormecer y anestesiar a una sociedad ya de por sí somnolienta, vuelven a sus cuevas de lujos y fiestas, de flamantes coches y de carísimos vestuarios. De yates, de viajes, de exclusivas, de estrenos... No entiendo a quien pretenden engañar. Siguen consumiendo a ritmo vertiginoso porque sus carteras nunca dejan de estar repletas. Y mañana de nuevo a la TV, con nuevos datos, renovadas preocupaciones, con ese falso estilo alterado que tan de moda se ha puesto últimamente.


Ya lo dice el refrán: "A rio revuelto, ganancia de pescadores". Que asco dais.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Jerarquía eclesiástica...


Hoy he visto en las noticias que el gran ministro de la religión cristiana no duda en falsear la realidad científica que garantizan que el preservativo es la gran esperanza contra la maligna enfermedad del sida. Allá por Africa, ante un montón de creyentes y un puñado de periodistas, el Papa Benedicto se da el lujo de dejar caer la perlita de que el condón, más que prevenir, añade riesgo a la extensión de la infección. Según él, esa no es la solución del problema.


Siempre me he preguntado porqué los que supuestamente deben mantenerse célibes y castos durante toda su vida se inmiscuyen en las relaciones sexuales de los demás. Esto vendría a ser algo así como decirle a un arquitecto cuántos pilares tiene que tener un edificio. Es increíble la sed de poder que siguen manteniendo los jerarcas eclesiásticos. Siguen siendo fieles a unas creencias que tienen más de dos mil años y, en consecuencia a ese retraso histórico, dictan y pretenden imponer unos dogmas que en la mayoría de las ocasiones provocan hilaridad por su absurdo.


Señores, seamos serios. El preservativo no es un invento espiritual. Es un genial y sencillo logro científico, quizá el más importante en materia sexual, que previene y garantiza la inmunidad del individuo casi al 100 %, la no infección del sida o de cualquier otra enfermedad venerea. Así, ¿cuál es el problema? ¿Qué gana la Iglesia y sus dirigentes queriendo dejar a sus fieles desprotegidos? Es algo inexplicable. Además, ¿de qué supuesto científico extrae conclusiones un individuo que ni investiga ni practica sexo?


La Iglesia, su cabeza visible y sus colaboradores quieren colocarnos en el Siglo XXI los dogmas que nuestros antepasados practicaban en el Siglo IV. Carece de lógica, de sentido común. Es normal que las personas se alejen cada vez más de la fe, puesto que los jerarcas que la comandan claman a los cielos la compasión y la caridad mientras viven en la opulencia, mientras son acusados y culpados de pederastia, mientras se niegan a otorgar sus sacramentos sin cobrar por ellos. La fe ha dejado de ser parte fundamental de la vida común de la gente. Ya se puede vivir sin ella. Los pecados ya no infunden miedo, se ha perdido el pavor al castigo divino. Y eso si que es coherente. Vivimos en el Siglo XXI.


Me gustaría que se callara, Su Santidad. Me gustaría que, cuando hablara, lo hiciera con la mente puesta en la humanidad y no en Dios que, por suerte para él, no sufrirá el azote del sida. Y que hablara con conocimiento de causa. Y no sólo de eso, sino de cualquier otro tema no espiritual que no le atañe. La fe es al espíritu lo que la comida a la carne. Y nada más. El resto ya es historia de otros siglos.